EL SEÑOR SAWA

 

              En la sala de estar de su casa, rodeado de flores, descansaba el cuerpo sin vida del señor Sawa. Su única hija me llamó el domingo por la noche para comunicarme que su padre estaba agonizando en el hospital tras sufrir en casa un shock repentino, probablemente fruto de un infarto cerebral. En media hora estaba en el hospital, armado con el santo crisma para confirmarle y la unción de enfermos para tratar de paliar de algún modo sus últimos momentos. Su mujer lo había bautizado en el aseo de su casa, el lugar en donde tuvo el desfallecimiento y los últimos momentos de consciencia.

 

              Suele ocurrir en Japón que en momentos como este, la familia del enfermo desliza la conversación de forma muy elegante a los preparativos del funeral. Es un momento duro en el que siempre me cuesta dejar de hablar de la vida para ocuparme de las cosas profanas del funeral (el teléfono de la funeraria, la forma de comunicar a la comunidad el fallecimiento, el contacto con el equipo de liturgia…etc). En este caso, la señora Sawa y su hija me rogaron encarecidamente que el funeral fuera en la más absoluta intimidad, en su casa y no en la iglesia, ellas dos, y yo. Así lo hice.

 

              El primer funeral que hice en mi vida fue en Lorca y fué algo parecido. Yo todavía era diácono; la difunta se llamaba Dolores. Fué un funeral triste, en un asilo. Nadie salvo el conductor del coche de la funeraria estuvo presente en la celebración. El Señor Sawa tenía al menos a su mujer, aferrada a sus recuerdos y su hija manoseando el teclado con el que pondría música al funeral de su padre. De los momentos previos se me han quedado grabadas las palabras de la esposa:

 

              “Cuando mi maridó cayó al suelo lo abracé como a un niño. Su cabeza reposaba en mi hombro y casi podía sentir como su vida se me iba entre las manos. Pensé en qué hacer, en llamar al médico, a mi hija, a la ambulancia… pero no… tenía que hacer otra cosa antes, la cosa más importante. Miré como pude a mi marido y le dije: “¿Quieres que te bautice?” El me miró profundamente y casi con las últimas fuerzas que le quedaban me dijo que sí con la cabeza. Y allí mismo, tomando agua del lavabo le bauticé en el nombre del Padre y del Hijo y del Espíritu santo y le puse por nombre José. Ahora sé que hice lo mejor; Durante unos momentos me resistí a aceptar que se iba de mi vida, pero algo en mi interior me dijo que debía de bautizarle y de dejarle marchar en paz”.

 

              La señora Sawa estaba radiante. Los ojos le brillaban con la luminosidad de esos ojos vidriosos que tan bien domesticados tienen los japoneses para evitar entregarse sin condiciones a la locura de los sentimientos. Tanto ella como su hija recibieron el bautismo hace unos 15 años; procedían de un budismo superficial, pero no han querido deshacerse del altar budista por respeto a sus antepasados; eso sí, lo tienen oportunamente decorado con símbolos cristianos. La señora Sawa cantó como los ángeles y su hija tocó para su padre unas partituras llenas de vida y amor.

 

              Dentro de una semana tendremos la misa por el señor Sawa, que murió cristiano por que su familia le otorgó el mayor de los regalos: el amor. A mí me queda el sello de esta madre y esta hija que han demostrado en el momento de la muerte una dignidad y una fe admirables. Son pequeños detalles pero que encierran en su sencillez toda la belleza oculta de esta cultura tan sorprendete.