Domingo 29 de enero de 2012
Domingo 4 del tiempo ordinario. Ciclo B
En la experiencia religiosa, la mediación de profetas, y en general de personas consagradas, tiene un papel fundamental. Siempre se ha considerado que la relación directa con Dios suponía la muerte del hombre. Recordemos, por ejemplo, que Moisés temía ver el rostro de Dios por miedo a morir. ¿Qué puede significar este miedo que lleva a la necesidad de buscar un profeta como intermediario? Quizá poniendo dos ejemplos podamos acercarnos más a la respuesta. Pensemos, por ejemplo, en el sol; vivimos gracias a su luz y calor, pero a la vez nos protegemos de él y sólo tras los breves instantes del amanecer o el atardecer nos está permitido asomarnos a su hermosa figura sin dañar nuestros ojos; el amanecer y el atardecer son como los instantes que nos procura la oración y la contemplación: momentos breves en los que nos está permitido por unos instantes asomamos a un misterio imposible de mirar cara a cara en todo su esplendor. De la misma manera, nos servimos de la lluvia que riega nuestros campos y agradecemos su presencia al mismo tiempo que nos protegemos de ella con paraguas o bajo un techo. Vivimos gracias al sol y a la lluvia pero a la vez aceptamos que hemos de protegernos de ellos sin que esto signifique su rechazo. Algo parecido nos ocurre espiritualmente con Dios. Una fe sin “mediaciones”, es decir, una relación directa con Dios nos puede llevar a la muerte: el egoísmo, la soberbia de creerse en posesión de la verdad, el subjetivismo, el fanatismo, el aislamiento de la sociedad, la incomunicación que nos lleva a remordimientos, torturas psicológicas, pensamientos irracionales o insanos…etc. Desde el antiguo testamento aprendemos a acercarnos a Dios de una forma “indirecta”, sin que esto suponga falseamiento alguno, porque a veces el camino recto no es el mejor camino para ascender a la cima, si no la forma más rápida de despeñarnos. A Dios hay que acercarse indirectamente, a través de sus criaturas, en donde resplandece con una luz que no ciega y con un agua que calma nuestra sed sin ahogarnos. Desde luego que existe el peligro de adorar a las criaturas y no al creador; es posible que las mediaciones sean tentadas de creer que brillan por sí mismas y por ello la palabra de Dios advierte duramente contra todo aquel que intente adueñarse de un mensaje que nunca es propio y que siempre nos sobrepasa. Si necesitamos de profetas mediadores que nos proclamen la Ley de Dios, estos han de evitar actuar por cuenta propia y ceñirse a su propia vocación. La advertencia es grave tanto para los mediadores como para los que están llamados al encuentro con Dios a través de ellos.
Le Ley y los profetas están ahí no para esclavizarnos, ni para cegarnos y deslumbrarnos, sino para darnos vida; eso es lo que siempre busca Pablo en sus exhortaciones y en su llamada a abandonar la religión hipócrita del “cumplimiento” de la ley por ley del amor. En el fondo, la religión vieja se caracteriza por idolatrar su propia ley; cuando esto ocurre, se rinde culto a una ley inscrita en piedras pesadas que aplastan las conciencias. La verdadera ley no se escribe en piedras, sino en los corazones de carne, porque la verdadera ley, la que libera sin mutilar, la que ilumina sin deslumbrar y refresca sin ahogar, es la ley del amor; no hay recetas ni preceptos inamovibles, si no una conciencia en la que Dios habla a través del único y verdadero profeta, el único y verdadero mediador: Jesucristo. Todas las demás mediaciones no son más que sacramentos de esta única y verdadera mediación, del profeta prometido por Dios y esperado por su pueblo: Jesucristo, que siendo sol eterno de misericordia no busca cegar ni oprimir, sino iluminar y liberar. Esta liberación a veces ocurre de forma violenta, nos hace temblar por dentro y por fuera como tembló el endemoniado que se encuentra con Jesús en la sinagoga. Es una experiencia tan terrible como necesaria.
En el evangelio de este domingo podemos sentir como Jesucristo se encuentra hoy también con nosotros y nuestros “demonios” interiores. Todo encuentro con Jesucristo es un una experiencia brutal; en realidad, todo encuentro con Dios es terrible, y por ello desde Moisés hasta todos los personajes bíblicos y grandes santos de la historia han experimientado este “temor” reverencial. Es una experiencia terrible porque Dios pone al descubierto con su luz nuestras miserias. Nuestras mentiras, miedos, hipocresías, errores o cualquiera de los demás demonios que nos poseen dan la cara cuando Cristo entra en nuestra sinagoga interior y proclama la palabra no con la rutina con la que nosotros vivimos y celebramos la fe, sino con la autoridad y la verdad que solo El posee. Esta es la fuerza del evangelio que proclama; un evangelio que no son sólo palabras, sino también fuerza liberadora. A veces nuestra vida interior sufre un terremoto espiritual y nuestros demonios salen hiriendonos y escandalizándonos; no lo pueden hacer de otra forma porque no saben más que herir. En realidad, más que asustarnos o desanimarnos, hemos de abrirnos a la esperanza de una vida nueva. Es una experiencia necesaria aunque dolorosa; descubrir los propios demonios supone detectar el mal oculto que nos maneja con su anestesia particular, endureciendo nuestros corazones para que no escuchemos a Dios; pero Cristo habla de una manera irresistible; ante su presencia, hasta los corazones más duros se ablandan y el corazón de carne (a veces en carne viva) sale a relucir, herido y quebrantado, humillado y desnudo, pero precisamente por ello también amado, curado, liberado y resucitado.
Vivamos esta experiencia terrible y fascinante de libertad a la que Cristo nos convoca desde el mismo comienzo de su misión. Vivamos con El la experiencia de la mediación, del sacerdocio, de la realeza y del profetismo al que somos llamados en Cristo. Seamos mediadores de Dios en esta humanidad tan necesiada de liberación; seamos pontífices de la buena nueva.
