¿Dónde mora Dios? En el Antiguo testamento Dios pasó de ser un Dios dinámico que peregrinaba con su pueblo a ser un Dios “obligado” a vivir encerrado dentro de un templo construido por manos humanas. Tal es el empeño de la religiones cuando intentan reducir lo sagrado a espacios cerrados, hermosos, monumentales, pero limitados a fin de cuentas, acarreando así el peligro de creer que Dios está sólo en algunos lugares más que en otros. El Nuevo Testamento rompe con esta visión: Jesucristo nos hace ver que la morada de Dios no se puede reducir solo a un templo, pues Dios habita en la vida y como máxima expresión de ella, en el ser humano.
Por ello, el mismo cuerpo del ser humano ha de ser considerado como “templo del Espíritu”, no porque sea hermoso sino porque está vivificado con el aliento de Dios, que es el Dios de la vida, una vida que insufla en nuestro ser dándonos una identidad. Por ello san Pablo nos pide que glorifiquemos a Dios en nuestro propio cuerpo como el verdadero templo de Dios. ¿De qué sirve honrar a Dios en templos de piedra o madera por muy hermosos que sean si olvidamos honrarle en los seres vivos? ¿No es ello acaso la mayor de las hipocresías? Lo que Jesús con tanto ahínco criticó sigue siendo hoy un error: desviar el verdadero culto hacia las cosas dejando en un segundo plano las personas. ¿De qué nos sirve tener catedrales, basílicas, objetos de cultos bellos e inmaculados si ello no es expresión de un denodado esfuerzo por la justicia y la igualdad de todos los seres humanos?
La lujuria es mala porque daña el cuerpo y al alma. Pero ¿Qué es la lujuria? La palabra “lujuria” viene de “lujo,” y significa exceso, sobre-valoración de lo innecesario para vivir dignamente. No ha de ser considerada sólo como una lujuria sensual o carnal, que también, sino en un sentido amplio, pues si tal mala es la lujuria para el cuerpo humano igual o peor lo es para el cuerpo Místico de la Iglesia cuando se empeña en bañarse en ostentación, riqueza, prepotencia y flirteos con los poderes de este mundo dando la espalda a los pobres y no siendo voz clara y contundente de aquellos que más sufren.
No falta buena voluntad, como la tenía Samuel, quien rápidamente acudía a la llamada de Dios, pero también como Samuel nuestra respuesta está equivocada. Como bien le corrige Elí no se trata de responder “aquí estoy, vengo porque me has llamado”, sino que la verdadera respuesta a la llamada insistente de Dios es “Habla, Señor que tu siervo escucha”. Este es el problema que sigue vigente hoy: los cristianos tenemos buena voluntad, queremos “ir” y “venir” rápidamente a la llamada de Dios, pero tenemos poca paciencia para entender que no hay religión verdadera si no hay “escucha” de lo que Dios tiene que decirnos. No queremos tener tiempo para orar; los clérigos y religiosos suelen ser personas ocupadas, intranquilas, estresadas, sin tiempos para escuchar a Dios; con muy buena voluntad, si, pero con pocas raíces porque no saben “perder el tiempo” en lo que merece la pena. No entendemos todavía que la verdadera religión es una “relación” donde el protagonismo no lo tiene la primera persona del singular “yo; aquí estoy”, sino la segunda: “Tu; habla que tu siervo escucha”.
Cristo hace las cosas más simples. Cuando le preguntan “¿Dónde vives?”, Jesús no se entretiene en explicaciones inútiles, sino que simplemente les invita a ir y a ver, es decir, a que experimenten, a que gusten y entiendan que no hay fe sin vivencia ni experiencia fraterna. Todavía muchos cristianos llaman a la catequesis de la iniciación cristiana “clases” o “estudios”, haciendo de lo que enseñamos más una “doctrina” a aprender que una “experiencia” a vivir. Somos expertos de la Palabra pero ignorantes de la vida. No entendemos que nuestras razones no convencen y que si las personas se convierten no es sólo por la cabeza sino sobretodo por el corazón. Juan muestra al Mesías, y así sus discípulos se convierten en discípulos de Cristo. Andrés es uno de ellos y comparte esa experiencia con su hermano Pedro, y Pedro se encuentra llamado, reconocido y convocado por Cristo. Tal es la experiencia que recuerdan hasta la hora que era (las cuatro de la tarde). Sólo una experiencia profunda hace que se nos queden grabados detalles tan aparentemente insignificantes. ¿Seremos capaces de rehacer en nosotros mismos una religión más humana y cercana a la vida o seguiremos empeñados en obligar a va Dios a vivir en nuestros inmaculados dogmas y templos hechos con palabras y piedras humanas? Vayamos a El y veamos, experimentemos y gustemos de su vida y luego decidamos. Dejemos a un lado formulismos, academicismos o etiquetas y convirtamos nuestra vida en un amable encuentro con quien sencillamente nos ama y nos convoca a la Vida. Entonces nos daremos cuenta que nuestros templos son los caminos de la vida y que Dios nos llama a adorarle y glorificarle en cada peregrino.