“Año nuevo, vida nueva”. Así reza uno de nuestros refranes. Cada año nos ofrece una especie de nueva oportunidad para rehacer nuestra vida. No está mal tener estos momentos simbólicos en los que uno se plantea su pasado y se propone enderezar su futuro. Pero las buenas intenciones no son suficientes, y tal vez por ello el año se abre con una lectura en la que se nos enseña a bendecir. Se trata de una bendición muy antigua, usada probablemente por los judíos en muchas ocasiones a lo largo de su historia.
Bendecir es “decir parabienes”, es cubrir de gracias nuestra vida para así sentir el manto protector y misericordioso de Dios incluso en los momentos más difíciles. En la bendición que se nos enseña, podemos encontrar tres palabras claves que tendríamos que hacer nuestras a principio de año: la primera es la palabra “protección”, la segunda es la palabra “luz” y la tercera es la palabra “paz”.
Todos necesitamos protección y refugio en esta vida. Por desgracia, no todas las protecciones son iguales. No es lo mismo protegerse de una tormenta en una casa bien cimentada que en otra asentada sobre arena a la orilla del torrente. Es bueno repensar cuales han sido nuestros refugios en el pasado y cuales deberían ser en el futuro. También necesitamos luz y que Dios nos ilumine para ver con claridad y no tropezar en la vida. Aunque esa luz sea pequeña, es importante tenerla bien cerca. Hay luces que iluminan hasta el horizonte, y otras que sólo nos permiten avanzar con seguridad unos pocos metros. Bien sea una luz u otra, lo importante es saber encontrarla y elegirla. Por último, también necesitamos “paz”. El día 1 de enero es también día de oración por la paz. Es necesaria una paz que no sea sólo ausencia de conflictos, si no sobretodo una paz que arranque del corazón y junto con las guerras, apague también las ansiedades, odios e iras que las engendran.
Cristo es la la bendición de Dios sobre la humanidad. Cristo es una bendición hecha carne, una bendición cuya presencia liberadora se siente y se palpa. No se trata de promesas o palabras que se lleva el viento, si no una presencia real. Esta bendición de Dios es a la vez un don recibido de lo alto y el fruto nacido de una mujer. Es decir, la bendición de Dios es a la vez humana y divina. Por eso los hombres también podemos bendecir. Toda bendición humana nacida del amor, en el fondo viene de Dios y a Dios regresa.
Las bendiciones son siempre puertas hacia la libertad. Cristo, bendición de Dios, nos hace “hijos adoptivos” de Dios. De esta forma se rompe nuestra esclavitud del pecado y por la misericordia de Dios pasamos a formar parte de su familia y de su estirpe. Esta es la forma como nos relacionamos con Dios los que hemos comprendido el alcance de su misericordia. Ya no somos meros espectadores pasivos del Misterio de Dios, si no destinatarios bendecidos y a la vez bendecidores. Somos como los pastores que acuden al portal de Belén no sólo por curiosidad, si no movidos por los gritos desgarrados del llanto de Cristo y por la voz de los ángeles que nos anuncian la buena nueva. En nuestra noche y en su oscuridad, hemos descubierto la luz y por ello somos capaces de ver con claridad el Misterio de Dios con nosotros y de adorarlo.
Si a los ocho días de nacer, Jesús fué circuncidado y marcado con una señal humana, nosotros hemos sido también marcados por Dios, pero no en nuestro cuerpo, si no en nuestro corazón. La bendición de Dios nos alcanza y nos invita a rehacer nuestra vida. Que en este año que empieza se renueve nuestra fe y que como María, podamos también guardar en nuestro corazón los misterios que ante nuestros ojos sucecen para adorar y bendecir a Dios que se ha hecho hombre para nuestra salvación.
