Realmente resulta muy difícil vivir la Navidad en estas fechas navideñas. ¿No es curioso? Tal vez esto ocurra por que esta fiesta, desde sus orígenes está viciada y contaminada de mundanidad, lo cual no tiene por que ser malo, aunque desde luego, sí es insuficiente para vivir y saborear el Misterio de Dios encarnado.
Desde que los cristianos tuvieron la feliz idea de apropiarse de la fiesta romana del triunfo de la luz sobre la oscuridad (día en el que la órbita del sol nos permite empezar a gozar más de su luz y calor), el nacimiento de Cristo quedó encarcelado en una hoja del almanaque: el 25 de diciembre. Quizá no tengamos otra forma de vivir el Misterio que enlatándolo en nuestros esquemas, aunque no deberíamos ceder a la tentación de dejarnos arrastrar por la ola de consumismo, cursilería e incluso frivolidad, con la que en muchas ocasiones se viven estas fechas. No es que reunirse en familia sea malo, ni mucho menos, pero sin darnos cuenta, estamos contribuyendo a apuntalar una imagen de familia burguesa que en nada se parece a la sagrada familia que veneramos.
Que la sociedad se vista de navidad, no quiere decir que su corazón sea navideño. No nos engañemos, el mundo usa nuestra fiesta porque en el fondo se la robamos al mundo, forzando al misterio de Dios hecho hombre a entrar dentro de un día concreto. Luego se nos colaron arbolitos decorados cuyos orígenes se remontan a tradiciones supersticiosas venidas del norte de Europa; personajes de ficción consagrados por Hollywood y los grandes almacenes con sus luces de colores. A todo dijimos que sí, sin darnos cuenta de que dentro de ese caballo de Troya había escondido un veneno que hoy está matando poco a poco el corazón del creyente, haciéndole vivir en una navidad de turrón, mazapán, zambomba y villancico, sin tiempo para profundizar en la verdadera Navidad, la que ocurre los otros días del año.
Si todo fuera denuncia, lo dicho hasta ahora se quedaría en un comentario ácido o resentido de quien desde lejos de casa, en su soledad, no sabe alegrarse con las cosas buenas que sin duda ocurren en estas fechas. Pero no es esa mi intención. En Navidad, Dios ilumina con la luz de su presencia el corazón a oscuras del ser humano. Es importante que no entendamos esta oscuridad como algo ajeno a nosotros mismos. Dice un refrán que “no hay más ciego que el que no quiere ver”. Muchos de los creyentes de hoy viven ciegos por las luces navideñas y sordos por los villancicos de mensajes ñoños y el runrún de la zambomba. Se trata de una oscuridad espiritual que sólo puede ser iluminada desde dentro, ahondando también en estas fechas, y quizá en estas fechas más que nunca, en la Palabra de Dios, para descubrir el tremendo e inimaginable hecho que supone que Dios tome nuestra carne para salvarnos desde ella.
Nos alumbran muchas luces, pero son artificiales, y en el fondo, no somos más que unos pobres burgueses instalados en nuestra mediocridad. Sufrimos por ello, pero no lo reconocemos porque tenemos miedo. Ese miedo nos lleva a cerrar nuestras posadas al grito de los pobres, emigrantes y gentes sin techo, o a adoptar posturas cada vez más intransigentes porque al tenerlos más cerca se hace más evidente el abismo que nos separa de ellos. Pregúntate seriamente si Dios naciera hoy, ¿Dónde lo haría? ¿en tu casa el día de noche buena o en la esquina o chavola que más cerca tienes de casa? De tu respuesta depende tu verdadero culto porque creer que celebramos un hecho del pasado es secuestrar al misterio de la Navidad su verdadero sentido. Navidad es hoy, son todos los días, por que Dios toma carne todos los días, nace, muere y resucita todos los días para salvarnos. La salvación está cerca, muy cerca; quizá entre ella y nosotros sólo haya una simple puerta, una triste ventana o pantalla desde la que se ve el sufrimiento pero ni se huele ni se palpa ni se siente, y por lo tanto, ni se adora.
La gracia de Dios que aparece entre nosotros, que mora con nosotros, destierra todas las pasiones que nos congelan el alma para no ver, no oír ni sentir la escena del pesebre más que a través de unas figuritas inanimadas de barro o plástico “made in China”. Siempre han sido los pobres los primeros en acudir a contemplar a Jesucristo. Entre esos pobres podemos estar nosotros; podemos formar parte de esa corte de pastores que pasan la noche al raso de nuestros pecados reconocidos, al raso de nuestra mediocridad, al raso de nuestra indiferencia ante los problemas de los ancianos que viven solos, de los que no llegan a fin de mes, de los inmigrantes, enfermos o desesperanzados. Reconocernos en esa oscuridad es abrir nuestra puerta a José y María, que están llamando. Es abrirla a tantos nombres de los que hoy nos separa un abismo para poder llegar a poder sentarlos a nuestra mesa y descubrir que Dios viene con ellos de una forma tan evidente que es imposible rechazar.
