DOMINGO 4 DE ADVIENTO. Ciclo B.
El tiempo de adviento es también un tiempo de conversión en el que nos pueden asaltar ciertos escrúpulos como le ocurría al rey David. Aunque había salido de una familia de pastores y era el menor de los hermanos, sus triunfos le hacen engrandecerse a sí mismo para terminar viviendo en una casa de cedro; es entonces cuando recuerda que el arca de la alianza, que era el símbolo de la presencia de Dios, todavía estaba en una tienda de tela, como cuando el pueblo de Israel caminaba en el desierto, de un lugar para otro.
Al igual que David, el origen de nuestros pecados está en terminar viviendo una vida acomodada, olvidando que somos hijos de un pueblo peregrino. Vivir no deja de ser un continuo caminar sin que haya ninguna casa hecha por manos humanas que nos ofrezca seguridad total. Si no nos andamos con cuidado, puede ser que la respuesta a esta actitud cómoda, sea pretender que Dios también viva como nosotros para así justificar nuestra actitud. A veces la religión, más que un puente útil para unir a Dios, se convierte en una cárcel en la que pretendemos encerrarle para autojustificarnos.
Dios se resiste a morar dentro de los límites de un templo, por muy majestuoso que pueda llegar a ser. A la hora de construir una morada, no es el ser humano, si no Dios el que lleva la iniciativa. En este sentido hemos de ser tremendamente sensibles y cuidadosos en nuestra vida espiritual para no terminar encerrando a Dios en nuestros propios esquemas, porque Dios es libre; es El quien nos construye la casa, es El quien marca los tiempos y nos sorprende, bien con largos periodos de sequedad, silencio o vacío o bien con manifestaciones inesperadas y sorprendentes; todo está calculado en los planes de Dios para evitar que el hombre se duerma y ceda a la tentación del conformismo o la tibieza.
El templo donde Dios habita no es otro que el ser humano, su pueblo, su Iglesia, cuyo símbolo y expresión perfecta es María, la aldeana pobre de Nazaret, la única mujer en cuyo corazón se hace posible el milagro del inicio de una nueva creación. María es el templo de Dios, como bien nos revela Lucas de forma muy elengante, usando para ello el término “sombra del altísimo”, expresión que se refiere a la presencia de Dios sobre el templo de Jerusalén. Aplicada a María, deducimos fácilmente que la sombra de Dios, es decir, la presencia de Dios, más que sobre un templo de piedra, está sobre un templo de carne, de carne pura, no contaminada con ningún apego humano, limpia de toda impureza de este mundo. María es el templo de Dios, la nueva arca de la alianza en la que se hace posible la unión plena entre Dios y la humanidad.
El ángel Gabriel es el encargado de informar a María de este acontecimiento que ya habían profetizado los profetas. Gabriel es el ángel encargado de enseñar. Ya aparece en el A.T revelándole a Daniel la hora de la salvación (Dn 8,16; 9,21). Ahora, esa hora se cumple, y así se lo comunica a María, quien la acepta con un corazón dócil porque no vive apoltronada como David en ningún palacio, sino que vive en la provisionalidad del verdadero Israel. María representa al pueblo pobre y marginado, obligado a estar siempre en camino, sin un lugar donde reclinar la cabeza. María asume ser templo vivo del Espíritu, un templo en el que Dios no vivirá encerrado, sino que la desbordará en su carne para salir de ella al mundo y así hacer del mundo su templo.
María es modelo de la Iglesia y modelo de todo creyente; en María el misterio de Navidad se cumple por primera vez. Nosotros también, como María, podemos participar de ese misterio de “Dios con nosotros”, no un Dios encerrado dentro de nosotros ni un Dios alejado que sólo viene de visita, sino “Dios con nosotros”. Para ello, hemos de imitar a María en toda su vida; en su pobreza, en su sencillez, en su docilidad para cambiar sus propios planes, aunque sean los más nobles, como casarse con el hombre a quien quería; hemos de imitar a María en su virginidad, en una castidad y pureza que va mucho más allá de lo carnal para ser un verdadero ambiente interior de amor incondicional a Dios y al hombre, sin apegos ni egoísmos.
Quedemos como María “preñados” de esta presencia desbordante del Espíritu de Dios. De esta manera, Dios se hará carne en nosotros, su Palabra se hará vida y la salvación no sólo llegará a nosotros naciendo en nuestra pobreza y debilidad, sino que llegará a través de nosotros a todos los lugares donde estemos. Abrámonos con María al misterio de la Navidad que pronto celebraremos.