Si hay una prueba visible de la fe, ésta es la alegría. Al igual que la fiebre no es una enfermedad, sino la alarma que nos indica que estamos enfermos, la alegría es una alarma positiva que nos indica que nuestro corazón está sano y bien orientado. La alegría confirma nuestra vida, es como un sello que certifica todo trabajo o esfuerzo, por muy duro y penoso que pueda parecer, porque la alegría no se rinde a la volatilidad de los sentimientos, no depende de los cambios de humor, sino que está anclada directamente en el alma. Conviene decir esto para no llevarnos a engaño, porque la alegría no es algo externo ni superficial. Cualquier chiste nos puede hacer reír y pasar un buen rato, pero la verdadera alegría es algo más, es un ambiente interior que no se inmuta ante la adversidad y que nos da el equilibrio necesario para ser felices; siendo así, la alegría no puede ser más que una gracia o un don recibido directamente de Dios; no depende de nosotros, si no que está cimentada en la esperanza, la fe y el amor.
Dentro del camino del adviento, la alegría supone un punto importante; es posible que sin darnos cuenta hayamos convertido el cristianismo en una religión gris y oscura; pero la seriedad y disciplina evangélica o el trabajo y dedicación del profeta o el apóstol no están reñidos con la alegría y la luminosidad de espíritu. Nada hay más contraproducente que un trabajo hecho sin alegría; la verdad no deja de ser verdad se diga como se diga, pero dicha con mal humor o entre quejas, pesimismo o lamentos es difícil que pueda alcanzar el corazón de quien la escucha. En este caso la culpa no es de la verdad, sino de la voz que la proclama. Juan tiene clara su identidad de “voz” que clama en el desierto. Desierto y voz van unidos, pero no se funden. Nosotros también tenemos que proclamar con nuestra voz alegre un mensaje que no es nuestro, que no nos pertenece, que nos desborda hasta el punto de no ser dignos de atarle la correa de sus sandalias… Veamos siete rasgos del profeta o apóstol alegre, teniendo en cuenta las sugerencias de las lecturas de hoy:
- Luchar por la libertad de la persona, ayudando a que el ser humano se libere de sus ataduras, ya sean personales o sociales. Como dice Benedicto XVI, Jesucristo lo da todo, pero no quita nada. Nada hay de opresivo en el evangelio; lo único que puede oprimir el alma para evitar que de ella brote la alegría, es el pecado.
- Combinar la justicia con la alabanza. La justicia por sí misma, sin la dimensión transcendente, se convierte en frío derecho y vacía legislación incapaz de dar vida. Por otro lado, la alabanza sin justicia corre el peligro de eludir los problemas verdaderos del ser humano, convirtiendo la religión en un escapismo o cohartada ante el mal. La justa medida de justicia y alabanza hace que la belleza del anuncio del evangelio resplandezca.
- Entender la propia vida como un proceso de crecimiento, de abajo a arriba, de forma lenta pero imparable, con la semilla. Uno de los grandes retos del apóstol de hoy en día supone aprender a entender la vida como un proceso. Al igual que la semilla no germina y se convierte en árbol en un día, la persona también necesita tiempo para germinar y crecer.
- Vivir el don de la alegría como gracia del Espíritu santo. La verdadera alegría no nace espontaneamente del corazón humano si no es impulsada por el aliento de Dios. Juan el bautista tiene claro que él no es la luz, sino testigo de la luz. Al igual que la hermana luna no brilla si no es por el sol que la ilumina, nuestras vidas se quedarían en tinieblas si no fuera porque nos envía permanentemente su luz.
- Valorar lo bueno y positivo de este mundo. El anuncio del envangelio se torna esperanza y gozo cuando en lugar de restar y gruñir, se empiezan a buscar las cosas buenas que hay en la vida; la sorpresa acompaña siempre esta búsqueda ante la ingente cantidad de retoños de vida que están germinando constantemente a nuestro alrededor, esperando que alguien los aliente e impulse en lugar de ahogarlos en lamentos.
- Con la misma fuerza que se ha de buscar lo bueno, se ha de eludir y evitar lo malo. Hay realidades crueles imposibles de cambiar y ante las que únicamente es posible poner tierra de por medio. La persona alegre no es ingenua; sabe cuando retirarse y cuando rehuir una batalla en la que no se tiene la fuerza suficiente para ganar.
- Por último, el apóstol alegre conoce su identidad y su trabajo. A la pregunta que le hacen a Juan (¿Quien eres?), responde sin titubeos una respuesta maravillosa que deberíamos de hacer nuestra: “soy la VOZ que clama en el desierto. ¡Qué hermoso sería que nuestra vida fuera toda ella una voz clamando en los desiertos de este mundo! Clamar no es sólo gritar, sino también a veces callar, orar, esperar, testimoniar de mil manera la alegría de creer. He aquí un camino para encontrar nuestra identidad y la tan ansiada “realización personal”.
Nosotros únicamente podemos dar a esta humanidad un bautismo de agua; eso es lo que significan nuestros trabajos y fatigas. Pero ese bautismo, que a penas si puede limpiar la humanidad, se convierte en un bautismo de fuego cuando entre nuestras manos dejamos que emerja Dios. Preparar el camino del Señor es prepararnos nosotros mismos para que Dios se haga hombre en el pesebre de nuestra vida. Ninguno de nuestros trabajos es definitivo, pero sin ellos, Dios no podría tomar ni la carne ni el cuerpo necesarios para hacerse hombre en medio de nuestra historia. Asumamos esta realidad y dejemos que la alegría nos desborde por doquier.

Gracias por su homilía, me ha gustado.